Llevo dos días casi sin dormir (exceptuando un breve descanso de 3 o 4 horas cada uno). He estado solo. En una película decían que quedarse insomne era sentir que el planeta estaba desierto. Me reconforta mucho esa sensación de soledad. No choco con nadie ni contra nadie. A la vez no quiero saber nada. Tentado por abarcar muchas cosas más pero yo quiero dejar de saber nada porque entonces me encuentro con el otro que me da la información. Ahora pienso en Italo Calvino y esa segunda arca de Noé que se planteaba en una de sus apologías.
Odio la intertextualidad no quiero apoyar mis ideas en nada sólo apunto la referencia curiosamente escribo muy lentamente pero al que lea le llega de forma atropellada como una aguja metida en el ojo como un puñetazo en la garganta quizá lo haga por eso no mostrar algo poco a poco sino dar a entender su naturaleza de la forma más brusca posible.
Encontrar al otro. Cogerlo de las solapas. Tocarlo. Saber que está ahí. Da tanto miedo hacerlo. Preferimos sembrar de esperma el suelo y que florezcan copias nuestras con varias derivaciones.
Pero él siempre nos busca. Siempre lo encontramos sin buscarlo. Es algo mutuo o bien casual. Siempre hay una arista que se nos clava en la piel y nos hace una herida. Algo ajeno que establece una relación de causa y efecto, o causa o efecto, o causa-efecto. Causa y/o efecto. La cuestión es que nos damos cuenta de que no habían nuestras mismas personas sueltas, sino otras. De nuevo el otro nos da una lección de incertidumbre.
Hay quien extiende sus brazos para comprender su propia historia y otros que se aferran a algo que parece ser una extensión de su yo. En cualquier caso, sigue siendo una falta de enfrentamiento. No hay un sentimiento honesto. Una puerta que abrir a la que debamos tender.
No se puede. Tenemos que escapar. Pero el otro siempre está ahí.
Por eso personalizamos las cosas. Queremos mancharlas de nuestra alma. Luego nos damos cuenta de que puede venir otro y pasar un trapo y no ha pasado nada. No tenemos relevancia, el otro no la tiene.
Tan sólo el contacto brusco es lo que importa. La piedra vuelve a bajar y tenemos que subirla a la cima. Ahí está el otro para tirarla abajo de nuevo.
Tenemos que coger nuestra piedra. Toda nuestra personalidad y arrastrarla como un caracol lleva su concha.
Luego puede pasar un grave problema. Viene una persona y nos metemos en nuestra concha protectora, tal persona nos pisa y nuestra sombra se hace añicos y hay vino por todas partes.
Si pensó que una concha más resistente hubiera sido una solución es posible que esté equivocado. Se ha olvidado de que el otro puede contradecirle y echar abajo tal teoría.
Yo soy ahora el otro y le acabo de contradecir.
Somos uno y otro simultáneamente. Da miedo tocar mi propia cara porque no sé si soy yo o el otro.