A veces la imaginación de los periodistas es demasiado caprichosa. Diariamente somos invadidos por frases ingeniosas llamadas titulares que invitan a un deleite "intelectual" injustificado. Muchos recordamos los suplementos que traían los diarios aprovechando el filón del 11-S, en los que cabeceras como "El día de la infamia" trataban de otorgar un nombre comercialmente atractivo para la película. Me recuerda mucho a la traducción inglesa de una obra rusa que contaba la desaparición de unas sillas del comedor de una aristócrata rusa en las que habían escondido unos diamantes para que los revolucionarios no obtuvieran tales riquezas. Fue así como el original y escueto Doce sillas (en ruso, lógicamente) era convertido en Diamonds to sit on.
No obstante, hay una libertad en la creación literaria que no podemos permitirnos cuando jugamos con hechos reales. Siempre he pensado que la imaginación no puede empañar nuestra realidad. Ejemplo de ello es el artículo publicado en el Washington Post, en el que se hace una infantil comparación entre la sangre de los prisioneros y el splashing y el dripping de Jackson Pollock. Es preocupante y da mucho que pensar. No sólo hemos perdido las pocas neuronas espejo que nos quedaban y almorzar al son de la voz que anunciaba el último atentado en Bagdad, sino que además somos capaces de comentar una falta a los derechos humanos con la misma frivolidad de la baronesa Thyssen.
Al final lo que se persigue no es invitar al debate, sino un lucimiento del que inventa la comparación más ingeniosa. Cada vez confío menos en esos falsos poetas. En esos que no muestran empatía por lo que escriben y lo que es peor, que contagian esa ausencia con sus artículos.
